Atrapada en Navidad parte 5
—¿Por qué Hawái? —preguntó él, dándole un sorbo a su propia taza de chocolate. Una fina línea marrón quedó en su labio superior y rápidamente lo limpió con su lengua. Mackenzie tragó un nudo a través de su garganta, al preguntarse cómo sería besarlo. Sin embargo, fue capaz de responder a su interrogante sin que la voz le fallara.
—Tengo una gran cosa en contra de esta fecha y quería escapar de la festividad, pero aquí estoy, atrapada en navidad —una sonrisa adornó su comentario, para ocultar el motivo real de su rechazo al día en cuestión.
—Puedo intentar hacerte un camino hasta un hotel cercano, si quieres —propuso, escondiendo su desilusión detrás de otro sorbo de chocolate.
—¿En serio? ¿Harías eso por mí? —pregunto entusiasmada.
El rechazo golpeó fuerte el corazón de Gabriel. Esperaba un «No, gracias. Me gusta estar contigo». Eso le pasaba por idiota. ¿Acaso olvidó con quien estaba hablando?
—Sin problema —respondió—. Pero primero tienes que cenar. Mamá no te dejaría ir de casa sin que vivas la experiencia completa —sonrió.
—Oh, claro. Debo decir que mi estómago está más que dispuesto. No he comido nada desde hace horas; y que mi delgadez no te engañe, como mucho. Mi amiga Sarah me odia en secreto por eso. Ella dice que hasta el agua le engorda y vive midiendo las calorías que consume —Los ojos de Gabriel no podían apartar la mirada de la boca rosa y sensual de Mackenzie. Estaba tan absorto, que perdió el hilo del monólogo en el que se había internado Mack.
—Gabriel, ¿me estás escuchando? —preguntó al notar su mirada perdida.
—Sí, claro. Puedes repetir las veces que quieras.
—¡Tienen que besarse! —gritó Amy, provocando que ambos se estremecieran. Sus ojos estaban teniendo una sensual conversación.
—¡Amy! —pronunció su tío con un tono de reproche.
—Muérdago —señaló la pequeña. Ambos inclinaron la cabeza hacia atrás y vieron una rama colgante de hojitas verdes y bayas rojas.
—No tienes que hacerlo —aclaró él al instante.
—Sí, sí tiene. Somos los Archer, tío Gabe. Cumplimos con las tradiciones.
—Pero ella no y, además, sabes que no cree en la navidad —replicó disgustado. Las mejillas de Kenzie ardieron por la vergüenza. Gabriel estaba luchando muy duro por evitar aquel beso y, de alguna forma, eso la lastimó.
—Ella no dijo que no cree en la navidad, dijo que no la celebra —objetó Amy, de brazos cruzados.
Gabriel suspiró con fuerza y dejó caer los hombros. Amaba a su sobrina, pero, muchas veces, le gustaría tener un poder superior para controlarla.
—Uh, creo que alguien le tiene miedo a los besos bajo el muérdago —burló Mackenzie como un reto. Ella podía haber cambiado a través de los años, pero sus armas seductoras seguían afiladas.
—¡Eso no es verdad! —rebatió elevando el tono. Kenzie apartó la mirada y se reprochó haber dicho algo. ¿Qué pasaba por su cabeza? Ya no estaba en la secundaria y, por Dios, ¿cómo se atrevió a tentarlo delante de su sobrina?
Michelle, que estuvo atenta los últimos minutos, decidió que era buena hora de servir la cena, terminando así con la discusión del muérdago.






Lo sentí cortito cortito pero sustancioso
ResponderEliminarsi porque ahí pasa a otra parte y después queda cortado. Ya queda poco par el final
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