domingo, 13 de diciembre de 2020

Atrapada en Navidad parte2

 


—Fue bueno verte, Mackenzie —dijo sin ningún interés de seguir la conversación. Sus recuerdos de la secundaria no eran los mejores y claro que le molestaba aquel apodo, pero había decidido dejar todo eso atrás. Ya tenía veintinueve años, debía superarlo.

—¿Fuiste siempre a Yale? —preguntó cuando él comenzaba a alejarse. Gabriel se detuvo sin poder creer que la chica más popular de la secundaria, la que siempre se burlo de él y se encargó de esparcir un falso rumor de su “dudosa inclinación sexual”, recordara que él quería ir a Yale. Y, más aún, no comprendía porqué quería seguir hablando con él.

Él expulsó una larga exhalación y, olvidando que habían pasado muchos años desde que Mackenzie Hilmore se comportó como una gran perra con él, dijo:

—¿Desde cuándo te importa? Creí que a la realeza no se le permitía interesarse por los plebeyos —El rencor era evidente en su voz. Kenzie parpadeó un par de veces mientras su boca dibujaba una perfecta “O”. Selló sus labios cuando sintió la boca reseca y bajó la mirada al suelo cuando no pudo mantener un minuto más sus ojos sobre aquellas pupilas que, hasta hace unos minutos, consideró hermosas.

—¡Tío Gabe! —gritó una preciosa niña de ojos celestes, mejillas sonrosadas y cabello dorado como una espiga de trigo. Él se inclino en el suelo y la recibió entre sus brazos, cambiando de forma automática su gesto hostil por una sonrisa sincera.

Kenzie miró perpleja la escena, sin poder creer que el tipo que la trató con grosería segundos antes, era el mismo que abrazaba con ternura a una chiquilla de no más de diez años.

—Siento llegar tarde, Amy. Las calles están bloqueadas y me tomó un poco abrirme camino —le dijo con total naturalidad.

—¿Quién eres tú? —preguntó Amy, prestando toda su atención a la chica menuda de cabello castaño oscuro y ojos marrones, que vestía un abrigo rojo y guantes a juego. La niña la miró de arriba abajo, siendo muy suspicaz al notar sus zapatos Manolo Blahnik. Amy era una fanática de la moda y los zapatos eran su especialidad.

Kenzie se sintió intimidada por ella y no logró articular una palabra coherente, a lo que Gabriel intervino presentándola con su nombre y apellido, diciendo además que era una ex compañera de la secundaria.

—¿Perdiste un vuelo? —preguntó Amy. 

—Eh, sí. Imposible salir de Rochester o del aeropuerto, si a ver vamos —dijo lo último un decibel más bajo, pero la niña logró escucharla.

—Mi tío tiene una máquina quitanieves. Vino por mí y mamá, que trabaja en una tienda del aeropuerto; quedamos atrapadas, como tú —dijo todo eso sin hacer una sola pausa para respirar—. ¿Puedes llevarla a casa, tío?

—Oh, no. Está bien. Me quedaré en la sala de espera hasta que pase la nevada —dijo Kenzie con nerviosismo. Gabriel asintió con el ceño fruncido y apartó la mirada segundos después—. Bueno, me iré ahora. Espero encontrar alguna silla libre —una risita histérica se escapó de su boca al decir lo último y se reprendió por parecer una tonta. 

—¿En nochebuena? Abu se enojará si sabe que te dejamos aquí —insistió Amy.

—Bueno, sí. En realidad iba a Hawái. No celebro la navidad —rebatió ella.

—¿En serio? ¿Por qué no celebras la navidad? ¿Eres Judia? —negó—. ¿Atea? —negó de nuevo—. ¿Budista?

—Amy, por favor —la riñó su tío, quien se había mantenido al margen de la conversación. Miró a Mackenzie y le propuso finalmente—: Puedo llevarte a casa, si quieres —Sabía que su sobrina no se detendría hasta que escuchara esas palabras.

—¿Hasta St. Paul? —preguntó con incredulidad. Su casa quedaba a una hora del aeropuerto.

—Oh, no. Quiero decir a Austin, a la casa de mis padres —aclaró, rascándose la cabeza. Se había quitado el gorro unos minutos antes, develando un cabello castaño claro con un corte muy moderno y prolijo, contrario a los rulos rebeldes que usaba en la secundaria—. Está más cerca. Dudo que encuentre un camino despejado hasta St. Paul.

Kenzie sabía muy bien que él solo lo hacía por Amy y que ella era persona no grata para Gabriel, pero sería muy grosero de su parte rechazar tal oferta. Y más, viendo los orbes celestes de la pequeña Amy, esperando un sí como respuesta.

—Gracias, eso sería mejor que la sala de espera —contestó con cortesía.

—¡Sí! —aplaudió la pequeña dando saltos—. Le diré a mamá que necesitamos otro calcetín en la chimenea —dijo y corrió a buscar a su madre a alguna de las tiendas del aeropuerto.

4 comentarios:

  1. Padre bendito hasta yo le haría la ley del hielo por haber sido tan cruel con Gabriel cuando estaban en la secundaria 😉😁😅

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  2. Me resulta cada vez nas interesante....😍😍😍😍😍

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Sobre mi

AutoraSoy escritora de romance desde 2015 y me alegra mucho que estés aquí.
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