lunes, 14 de diciembre de 2020

Atrapada en Navidad Parte 3

 


—Vamos, Mack —la invitó Amy, apoderándose del apodo que escuchó decir de la boca de su tío.

—¿No tenemos que esperar a Gabriel?

—¿Para qué? Quizás no vuelva en horas —respondió Amy con naturalidad.

¿Qué? Me invitó a su casa ¿y no va a volver?

Ocultó su conmoción detrás de una sonrisa nerviosa y siguió a la niña, lo más rápido que sus Manolos la dejaban avanzar. La entrada estaba llena de nieve y sus tacones se enterraban una y otra vez en ella, impidiéndole caminar con normalidad.

Michelle se mordió los labios para no romper en carcajadas al ver cómo la “invitada no deseada” maniobraba con sus pies sobre la nieve, al tiempo que sostenía su pesada maleta. Ella sabía que debía ofrecerle ayuda, pero estaba sacando partido de la situación. Solidaridad entre hermanos, lo llamarían algunos.

Amy, ajena a los planes de venganza, gritaba desde el pórtico, apurando a Kenzie. Ella le respondió que en breve la alcanzaba, que quería ver unos minutos la decoración exterior, pero en realidad quería estar sola unos segundos para tratar de devolver las lágrimas que escocían sus ojos. ¡Estaba cansada de la maldición de nochebuena!

La niña y su madre cruzaron la puerta de entrada, dejando a Kenzie sola, con sus pies enterrados diez centímetros debajo de la nieve y una maleta pesada a cuestas. Luchando por desenterrar sus tacones, Kenzie terminó cayéndose sobre su estómago con total torpeza.

No se movió por un par de minutos, demasiado cansada para luchar y muy avergonzada para intentar ponerse en pie.

—Oye, Mack. ¿Quieres morir congelada? Aquí afuera hay al menos -10º centígrados —dijo Gabe, desde algún punto detrás de ella. Kenzie apoyó sus manos en el suelo e intentó pararse, pero su cuerpo se había entumecido por el frío. Gabriel intervino y, no solo la ayudó a levantarse, sino que la cargó en sus brazos y caminó con ella hasta entrar a la calidez del hogar de sus padres.

—¡Oh Dios! ¿Estás bien? —preguntó Michelle, avergonzada. Se había olvidado de ella cuando entró a su casa, siguiendo el olor de las galletas recién horneadas de su mamá. Gabe le lanzó una mirada acusatoria a su hermana y ella apartó sus ojos de él.

Una cosa era disfrutar del rostro pálido de Mack al ver la festiva casa y otra permitir que muriera congelada. Gabe no era una mala persona y Michelle lo sabía.

—Estoy bien —contestó Mackenzie, aunque el temblor de su voz dijo otra cosa.

—Necesitas una ducha tibia, Mack. Te llevaré a mi vieja habitación para que tomes una.

—N-no ha-hace fa-falta.

—Oh, claro que irás. Busca su maleta, Michelle y llévala arriba —ordenó su hermano con el gesto endurecido. Michelle asintió y fue por ella.

La habitación de Gabriel era sencilla. Una cama individual, banderines de la universidad, en su caso Yale; uno que otro reconocimiento colgado en la pared, una cómoda, un closet, un baño y un escritorio con algunos libros.

Estaba sentada en su cama, con una toalla blanca envolviendo su delgado cuerpo, después de darse una ducha tibia. ¿Por qué no se había vestido? Porque su única ropa de invierno estaba completamente mojada. ¿Qué se suponía haría ahora? No tenía a quién decirle. Gabriel había salido de la habitación en cuanto le explicó cómo funcionaba la ducha y esas cosas.

—No puedes estar desnuda toda la noche, Kenzie —dijo, mientras buscaba un vestido en su maleta. No tenía más opción. Se puso uno floreado en tono amarillo, fucsia y verde, junto con unas sandalias blancas bajas. Un atuendo acorde para Hawái, pero no para Rochester y mucho menos para celebrar navidad con la familia de nadie.

—Mack, ¿ya estás lista? —preguntó él, tocando la puerta.

—Sí, pasa —lo invitó. Lentamente, la puerta se abrió y enseguida notó que Gabriel se había quitado el grueso abrigo de invierno y que una simple camiseta negra envolvía su torso, ahora musculoso. Ya no había más estómago grasiento, ni frenos o lentes de pasta. ¡Gabriel Archer no lucía más como el gordo nerd que recordaba! También se había afeitado la barba, dejando al descubierto una perfecta mandíbula cuadrada, lo que le restó al menos cinco años. ¡Era muy atractivo!

6 comentarios:

  1. Ufffff, enganchada del todo gracias, gracias

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  2. Super épico, siento que a mi me pasaría jajajaja
    Aunque que pena.
    Espero poder seguir leyendo, me esta gustando mucho.

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    Respuestas
    1. me alegra que la estés disfrutando. si, la pobre casi se congela jaja

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  3. Hay pobre casi se queda congelada, no es fácil lo que esta pasando. Gracias esta súper buenísima

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Sobre mi

AutoraSoy escritora de romance desde 2015 y me alegra mucho que estés aquí.
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