Atrapada en Navidad Parte 3
—Vamos, Mack
—la invitó Amy, apoderándose del apodo que escuchó decir de la boca de su tío.
—¿No tenemos
que esperar a Gabriel?
—¿Para qué?
Quizás no vuelva en horas —respondió Amy con naturalidad.
¿Qué? Me invitó a su casa ¿y no va a volver?
Ocultó su
conmoción detrás de una sonrisa nerviosa y siguió a la niña, lo más rápido que
sus Manolos la dejaban avanzar. La entrada estaba llena de nieve y sus tacones
se enterraban una y otra vez en ella, impidiéndole caminar con normalidad.
Michelle se mordió
los labios para no romper en carcajadas al ver cómo la “invitada no deseada”
maniobraba con sus pies sobre la nieve, al tiempo que sostenía su pesada
maleta. Ella sabía que debía ofrecerle ayuda, pero estaba sacando partido de la
situación. Solidaridad entre hermanos, lo llamarían algunos.
Amy, ajena a
los planes de venganza, gritaba desde el pórtico, apurando a Kenzie. Ella le
respondió que en breve la alcanzaba, que quería ver unos minutos la decoración
exterior, pero en realidad quería estar sola unos segundos para tratar de
devolver las lágrimas que escocían sus ojos. ¡Estaba cansada de la maldición de
nochebuena!
La niña y su
madre cruzaron la puerta de entrada, dejando a Kenzie sola, con sus pies
enterrados diez centímetros debajo de la nieve y una maleta pesada a cuestas.
Luchando por desenterrar sus tacones, Kenzie terminó cayéndose sobre su
estómago con total torpeza.
No se movió
por un par de minutos, demasiado cansada para luchar y muy avergonzada para
intentar ponerse en pie.
—Oye, Mack.
¿Quieres morir congelada? Aquí afuera hay al menos -10º centígrados —dijo Gabe,
desde algún punto detrás de ella. Kenzie apoyó sus manos en el suelo e intentó
pararse, pero su cuerpo se había entumecido por el frío. Gabriel intervino y,
no solo la ayudó a levantarse, sino que la cargó en sus brazos y caminó con
ella hasta entrar a la calidez del hogar de sus padres.
—¡Oh Dios!
¿Estás bien? —preguntó Michelle, avergonzada. Se había olvidado de ella cuando
entró a su casa, siguiendo el olor de las galletas recién horneadas de su mamá.
Gabe le lanzó una mirada acusatoria a su hermana y ella apartó sus ojos de él.
Una cosa era
disfrutar del rostro pálido de Mack al ver la festiva casa y otra permitir que
muriera congelada. Gabe no era una mala persona y Michelle lo sabía.
—Estoy bien
—contestó Mackenzie, aunque el temblor de su voz dijo otra cosa.
—Necesitas
una ducha tibia, Mack. Te llevaré a mi vieja habitación para que tomes una.
—N-no
ha-hace fa-falta.
—Oh, claro
que irás. Busca su maleta, Michelle y llévala arriba —ordenó su hermano con el
gesto endurecido. Michelle asintió y fue por ella.
La
habitación de Gabriel era sencilla. Una cama individual, banderines de la
universidad, en su caso Yale; uno que otro reconocimiento colgado en la pared,
una cómoda, un closet, un baño y un escritorio con algunos libros.
Estaba
sentada en su cama, con una toalla blanca envolviendo su delgado cuerpo,
después de darse una ducha tibia. ¿Por qué no se había vestido? Porque su única
ropa de invierno estaba completamente mojada. ¿Qué se suponía haría ahora? No
tenía a quién decirle. Gabriel había salido de la habitación en cuanto le
explicó cómo funcionaba la ducha y esas cosas.
—No puedes
estar desnuda toda la noche, Kenzie —dijo, mientras buscaba un vestido en su
maleta. No tenía más opción. Se puso uno floreado en tono amarillo, fucsia y
verde, junto con unas sandalias blancas bajas. Un atuendo acorde para Hawái,
pero no para Rochester y mucho menos para celebrar navidad con la familia de
nadie.
—Mack, ¿ya
estás lista? —preguntó él, tocando la puerta.
—Sí, pasa
—lo invitó. Lentamente, la puerta se abrió y enseguida notó que Gabriel se
había quitado el grueso abrigo de invierno y que una simple camiseta negra
envolvía su torso, ahora musculoso. Ya no había más estómago grasiento, ni
frenos o lentes de pasta. ¡Gabriel Archer no lucía más como el gordo nerd que
recordaba! También se había afeitado la barba, dejando al descubierto una
perfecta mandíbula cuadrada, lo que le restó al menos cinco años. ¡Era muy
atractivo!






Ufffff, enganchada del todo gracias, gracias
ResponderEliminarme alegra mucho que estés disfrutando la lectura
EliminarSuper épico, siento que a mi me pasaría jajajaja
ResponderEliminarAunque que pena.
Espero poder seguir leyendo, me esta gustando mucho.
me alegra que la estés disfrutando. si, la pobre casi se congela jaja
EliminarHay pobre casi se queda congelada, no es fácil lo que esta pasando. Gracias esta súper buenísima
ResponderEliminara ti por leer y comentar. Ya queda poco
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